CONFERENCIA

El fin del trayecto: los desiertos

Pertenece a: Por las orillas del Nilo


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Los antiguos egipcios denominaron a su país la Tierra Negra, en una clara alusión a la estrecha franja de tierra húmeda y fértil que había en las orillas del Nilo, y que permitía vivir en un paraíso verde en medio del Sahara. Más allá de Egipto, en cambio, había la Tierra Roja, es decir, el extenso y desolado desierto que los rodeaba y los amenazaba. Ese desierto era el reino de Set, un dios con atributos de diferentes animales –o un animal difícil de precisar– que encarnaba la noción cósmica del caos y que se contraponía a su hermano Horus, con quien mantenía una pugna eterna. En el imaginario egipcio, el propio país se asoció, por tanto, con la vida y el orden, mientras que el desierto se identificó con el desorden y la muerte. Por otra parte, el desierto también fue un espacio de transición entre los hombres y los dioses. En este espacio de caos y de transición, también hubo un sitio para los dioses animales. En las minas de turquesa de Serabit el-Khadim, en el Sinaí, se construyó un templo dedicado a la diosa vaca Hathor, patrona de los mineros. En el oasis de Siwa, Alejandro Magno se enteró de que era hijo del dios carnero Amon en el templo que la divinidad tenía en el lugar. El desierto también fue un territorio en el que, a través de la literatura, se describe la presencia de animales fantásticos.


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