EXPOSICIÓN

Mediterráneo

Del mito a la razón

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    "Mediterráneo. Del mito a la razón" es el fruto de la colaboración de numerosos museos europeos que han permitido reunir una colección excepcional de obras de la Antigüedad grecolatina en torno a un tema común: la creación del espíritu europeo.

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    Del 25 de julio de 2014 al 5 de enero de 2015

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    • Horario:

      De lunes a domingo, de 10.00 a 20.00 h

    • Promociones:

      Entrada libre clientes "la Caixa"
      El precio incluye el acceso a todas las exposiciones

    • Reservas:

    • Precio:

      4 €

    • Aforo:

      Plazas limitadas

    • Comentarios:

      Visitas comentadas para el público general
      Jueves, a las 18.00 h 
      Sábados, a las 11.00 y 19.00 h 
      Domingos y festivos, a las 11.00 h
      Precio por persona: 3 € 
      50% de descuento clientes "la Caixa"

    La exposición en un minuto

    • En el siglo VI aC, pensadores como Tales de Mileto, Anaximandro o Heráclito dejaron de creer en el universo como creación divina y atribuyeron su existencia a la acción de elementos primordiales: el agua, la tierra, el aire y el fuego. El mito ya no bastaba para explicar el origen y el sentido del cosmos. Los hombres se enfrentaban a un enigma que debían resolver por sí mismos, sin intervenciones del más allá. 

      De un Mediterráneo explicado a través de los viajes míticos de Ulises, Jasón y Heracles, se pasó a la ordenación del espacio humano, la urbanización del mundo,

    • propia de las ciudades coloniales griegas.

      Las ciudades incorporaron el espacio público, que ya no pertenecía a los dioses sino a la comunidad: el ágora. Nuevos valores como la Paz, la Prosperidad o la Justicia fueron divinizados y personificados en el ágora, el corazón de la urbe donde algunas escuelas filosóficas encontraron acomodo.
      A partir de Platón, en el siglo IV aC, el alma se convirtió en lo más valioso del ser humano, lo que perdura después de la muerte y debe ser preservado.

    • Surgieron nuevos dioses más comprensivos con las miserias humanas. Y un nuevo arte que aspiraba a captar la eternidad en la mirada de los hombres. La vida interior se convirtió en algo tan enigmático como la propia estructura del cosmos.
      La exposición explica esta historia a través de una selección de obras griegas y latinas, y muestra cómo, en una época globalizada en la que la economía y los centros de decisión se han desplazado hacia nuevas áreas geográficas, el paisaje y la cultura del Mediterráneo siguen siendo un patrimonio universal.

    Cinco ideas clave

    Botones de las ideas clave

    Heracles joven. 350-325 aC. National Archaeological Museum of Athens © Hellenic Ministry of Culture and Sports /Archaeological Receipts Fund

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    La Mitología. Los viajes que fundan el Mediterráneo.

    En el principio de los tiempos, el cosmos era un enigma simbolizado por seres amenazantes contra los que era imposible luchar. El Mediterráneo estaba lleno de monstruos marinos y dioses furibundos que desencadenaban tormentas. El mar era un lugar de perdición; sin embargo, la invitación al viaje resultaba irresistible para muchos.
    Los desplazamientos por mar eran más sencillos y seguros que por una tierra infestada de peligros aún mayores. Criaturas tan dañinas como el toro de Maratón, el león de Nemea o el gigantesco jabalí de Erimanto recorrían las tierras ribereñas. «Los que estamos entre las Columnas de Hércules y el río Fasis habitamos una pequeña porción de tierra, viviendo en torno al mar como hormigas o ranas en torno a una charca», decía Platón.
    A orillas del mar, la vida era agradable. Sin embargo, era el control de las aguas, antes que el de la tierra cultivada, lo que señalaba el nivel de desarrollo de una cultura. El ser humano era civilizado en la medida en que era capaz de domar los caballos que tiraban del carro de Poseidón, el dios de los mares. Igualmente, las ciudades como Atenas, doctas en artes navales, eran grandes y «virtuosas», según nos dice Sófocles en una de sus tragedias sobre el desventurado Edipo.

    La Academia de Platón. 110-80 aC. Museo Archeologico Nazionale di Napoli © Ministero dei Beni e delle Attività Culturali e del Turismo. Sopraintendenza per i Beni Archeologici di Napoli e Pompei

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    El Cosmos. Los enigmas del mundo.

    En la Antigüedad, el cosmos era un enigma. Se creía que era la morada de los dioses, cuyas peripecias eran narradas por los mitos, con los que se pretendía dar una explicación sobre el origen y el desarrollo del mundo habitado por los hombres.
    La Esfinge fue enviada a los humanos por los dioses. Era un ser híbrido de seductora cara femenina y cuerpo de león alado, con garras y una cola serpenteante. Asentada en lo alto ante las puertas de Tebas, planteaba un enigma al caminante, de tal forma que este solo podía hallar la respuesta mediante la reflexión. Aclarar sus engañosos acertijos equivalía a enfrentarse sin miedo a los misterios del mundo y del ser humano a través del pensamiento.
    Hacia el siglo vi aC, en las costas jonias y en la Magna Grecia la pregunta del hombre acerca del cosmos cambió: la cuestión ya no residía en el «cómo aconteció», que implicaba recurrir a explicaciones trascendentes sobre la creación, sino en «qué lo constituía», cuáles eran los elementos y las raíces del mundo. Así pues, los héroes de esta nueva era fueron los filósofos e historiadores, que ahondaron en la oscuridad que la Esfinge proyectaba contando no solo lo que veían, sino buscando las razones que explicaban los hechos e intentando resolver los enigmas del mundo.

    Crátera ática de campana con una escena de komos. Atribuida al pintor de Kleophon 440-430 aC. Museum of Cycladic Art © Nicolas and Dolly Goulandris Foundarion. Museum of Cycladic Art

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    El espacio común. La ciudad dialogante.

    Después de largos siglos de monarquía y gobiernos oligárquicos, a partir de finales del siglo vii aC se impuso en Atenas un régimen de tiranías respaldadas por las clases populares, hastiadas de los abusos de la aristocracia y de los reyes-sacerdotes. A raíz
    de la fuerte crisis política y social que se produjo a finales del siglo vi aC, una serie de reformadores, desde Solón hasta Pericles, fueron haciendo cambios profundos que culminaron con la instauración de la democracia.
    La igualdad ante la ley, la equidad y la libertad de expresión fueron los principios fundamentales de la democracia ateniense. Los ciudadanos tenían derecho a proponer, decidir y votar sobre asuntos de legislación, economía, religión, política interior y exterior, guerra o paz. Gracias al sistema de sorteo, tenían la posibilidad de juzgar en los tribunales o de asumir un cargo en la administración de la ciudad.
    Al período de democracia corresponde el mayor esplendor de Atenas. El sistema sufrió altibajos y algún golpe de Estado, pero se mantuvo hasta que en el año 322 aC Macedonia conquistó Grecia y el rey Filipo II reinstauró la monarquía. La democracia no volvería a aparecer en el mundo hasta la Revolución Francesa.

    Eros y Psique. Segunda mitad del siglo II dC. Copia de un original tardohelenístico de finales del siglo II aC. Staatliche Kunstsammlungen Dresden © Skulpturensammlung, Staatliche Kunstsammlungen Dresden

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    La persona. El misterio del alma.

    En la Grecia arcaica, el alma (psyché en griego) no era más que un ente espectral sin consistencia que chillaba como un murciélago cuando la muerte la privaba de su soporte corporal, que se consideraba el verdadero yo del hombre. El espíritu no tenía ningún valor, ya que después de la muerte era condenado a vivir en el inframundo.
    La preocupación por el alma aparece entre los siglos vii y v aC. Ferécides de Siro, uno de los legendarios «Siete Sabios» y posible maestro de Pitágoras, fue el primer autor occidental que defendió la autonomía y la inmortalidad del alma.
    Para Sócrates la preocupación por el conocimiento y por el cuidado del alma era absolutamente central. Hipócrates, el hombre que unió la filosofía y la medicina, formuló la pregunta más importante que podemos dirigirnos a nosotros mismos: «¿Qué es el hombre?». Y Heráclito nos ofreció la expresión que la complementa: «Emprendí la búsqueda de mí mismo».
    En el siglo i de nuestra era Plutarco escribió que la virtud ética se encuentra en la excelencia de la conducta humana y nos recuerda que Pitágoras ya había descubierto que esta solo era posible educando adecuadamente las distintas partes del alma.

    Friso de la cubierta de un sarcófago romano decorado con el episodio de Ulises y las sirenas. 230-250 dC. Museo Nazionale Romano, Terme di Diocleziano.

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    Epílogo. El último viaje de Ulises.

    En el siglo v aC, los relatos de Homero y Hesíodo acerca de las tropelías de los dioses para con los humanos se consideraban aceptables siempre y cuando no fueran interpretadas literalmente, sino como alegorías de los envites del alma en su tránsito por la tierra. Episodios como los trabajos de Hércules o el castigo que Poseidón infligió a Ulises por haber derribado los muros de Troya y haber herido a su hijo Polifemo, empezaron a leerse como imágenes eficaces de los desafíos a los que el alma se veía sometida en vida.
    Pródico de Ceos contaba a principios del siglo iv aC cómo hasta el mismo Heracles, que personificaba la fortaleza del espíritu humano, dudó al elegir entre avanzar por el camino de la virtud, un camino áspero y doloroso, o dejarse llevar por la tentadora senda del placer. Esta elección determinaría la suerte de la humanidad. Cabe preguntarse sobre lo acertado de su elección.
    Tanto las pruebas de Heracles como los viajes de Ulises acontecieron en otra era, anterior al tiempo histórico. Sin embargo, a finales de la Antigüedad, se convirtieron en una metáfora de las incertidumbres del alma. El mito dejó de narrar aventuras extraordinarias de seres sobrenaturales para hablar de la vida interior y acercarse a las vivencias de cualquier ser humano.
    ¡Ulises zarpa de nuevo!